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La vida, como todos sabemos, es maravillosa, lo es tanto, que a menudo olvidamos esa realidad hasta que inesperadamente, la vida nos enseña que la maravilla puede ser perdida, corrompida, destruida, consumida y dejar de ser maravillosa y fantástica. Entonces, puede ser ya demasiado tarde y sin remedio. Y en ese momento de perdida, el cielo y la tierra se abren al mismo tiempo. Y nos preguntamos, como es posible que no hemos cuidado y protegido algo tan importante? Antes de llegar a extremos, debemos de actuar, mejorar, descubrir y apreciar nuestro medio ambiente y nuestra propia humanidad.

 

El medio ambiente que incluimos, es realmente todo, no solo el que nos rodea pero también el que nos sustenta, preserva, contiene y mantiene. Nos hemos acostumbrado -erróneamente- a tener un cierto sentido de responsabilidad con lo que tenemos enfrente pero el hombre verdadero también mira progresivamente hasta que no ve fronteras.

 

Hasta que el pueda saber, descubrir y revelar que la vida lo es todo y que ese todo es uno. Y en ese uno, es donde la vida se integra universalmente y también se une, ama, cuida, mejora y se manifiesta. Todo esto sucede por virtud de una comunión sin exclusión. Que no tiene otra ciencia que la preferencia de vivir, de ser, sentir y saber una verdad simple y natural.

 

La existencia es como un circulo perfecto y maravilloso donde el todo y la nada trabajan siempre como la razón y la condición correcta de un equilibrio perfecto que se llama Vida, y que implica y aplica que lo que se hace aquí, se hace también en el universo. Cuando atamos, nos encadenamos a nosotros mismos, cuando desatamos, nos liberamos. Las fronteras solo existen como pasos intermedios de la escalera de la Vida, la cual viaja en si misma, así como el infinito lo hace en el tiempo. Y el tiempo es su madre. Y su padre es la eternidad.

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